A las chicas nos apasiona robar, pero yo atraqué a la persona equivocada…

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Los políticos roban, los empresarios roban, las abuelitas de los supermercados a veces roban, y por eso yo no voy a ser menos.

Bueno, lo cierto es que si hago lo que hago no es por ningún tipo de venganza.

Yo tengo nada que ver con el marica de Robin Hood, si mango algo, es porque lo quiero todo para mí.

Porque lo necesito.

Porque no puedo vivir sin ello.

Es un sentimiento extraño que lleva en mi sangre desde que tengo uso de razón.

Cuando sólo tenia seis años, recuerdo que mi madre me llevó a comprar cuadernos para el colegio, y que yo me metí cinco o seis lápices de colores y gomas de borrar con formas de animales en los bolsillos de la trenca.

Nadie me vio.

Al llegar a casa puse sobre mi cama aquellas victorias: tres lápices maravillosos y cuatro gomas que olían a fresa.

Daban ganas de comérselas.

De hecho, me dieron tanta hambre que en mi mente el único pensamiento era:¿por qué no me he llevado más?

A partir de ese día mis recuerdos son vagos, sé que en el recreo quité comida a mis compañeros, sé que en las duchas de natación saqué dinero de los bolsos de las adolescentes que practicaban sincronizada en la piscina grande y sé que cuando entré en el instituto conseguí birlar gran parte de las lecturas obligatorias de Lengua y Literatura.

Pero nada fue igual a mi primer “gran robo”.

Aquel que por desmesurado me salió fatal y provocó que me pillaran, y le dio el peor de los disgustos a mis padres.

Así que aquí va mi consejo del día, chicas: nunca robéis un cargamento de compresas.

La sangre os saldrá carísima.

La verdad, no sé por qué mis padres se enfadaron tanto, porque yo cada vez que lo pienso me río mucho.

Vale que llevarse una bolsa de deporte al supermercado paquistaní de la esquina y llenarla de compresas Evax y Ausonias no era la manera más sutil de todas de hacerlo, pero estaba harta de que mi madre me comprara malditas compresas con alas del Carrefour —sí, esas que pican— y no me quedaba otra alternativa.

Me castigaron y me hicieron pedirle perdón al paquistaní de la esquina y a toda su familia.

Me preguntaron que si había robado más cosas y yo les dije que no.

“Si eres sincera no te castigaremos”, aseguraron.

“¡Si fuera sincera os daría un infarto!”, pensé.

En realidad, robar era un placer secreto para mí, y no me apetecía confesarlo.

Además, estoy segura de que si hubiéramos seguido con nuestra pelea, les hubiera convencido de que gracias a mis “pecados” les había ahorrado una auténtica pasta.

Nunca tuve ningún capricho.

Nunca les pedí paga.

¡Me lo había ganado todo yo solita!

Después de aquel fracaso, sin embargo, me costó mucho volver a delinquir.

Tenía miedo de que volvieran a pillarme y de que se dieran cuenta de que mi comportamiento era más común de lo que había prometido.

Así que me aguanté las ganas durante un tiempo.

Me mordía las uñas cuando iba a H&M con mis amigas.

Se me derretía el corazón cuando la panadera se daba la vuelta y descuidaba cada una de las cestas de bollos que nunca me había privado de mangar.

Odiaba no poder colarme en el cine.

Tenía miedo, al final, de perder todas mis fantásticas habilidades para cortar, esconder y hacer desaparecer etiquetas de cosas que pasarían a ser mías sin que yo tuviera que invertir ni un euro en ellas.

Esperé lo suficiente.

Me preparé para la guerra.

Y entonces llegó el momento de la verdad: comencé la universidad, dejé la acogedora pero carcelaria casa de mis padres.

¿Alguna vez os habéis puesto las bragas de vuestra compañera de piso?

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Yo sí.

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Eran demasiado bonitas como para no ser mías, así que cuando alguna vez preguntó por ellas, le dije que no sabía nada, que se las habría llevado el viento.

Durante la carrera no duré más de dos o tres meses en mis pisos de alquiler.

Me agobiaban mis compañeras y me daba miedo que descubrieran mis pequeños robos.

En la época de exámenes no me presenté a muchos de ellos, y cuando mis padres se enteraron de que estaba desatendiendo a mis estudios, me amenazaron con cortarme el dinero.

Me dio un poco igual, porque yo sabía ingeniármelas sola.

O eso creía.

Así que empecé a robar comida.

Empecé a irme de los sitios sin pagar.

Empecé, incluso, a timar a algunos turistas y a quedarme con sus carteras.

Me divertía, sobrevivía, hacía lo que me daba la gana y a nadie le importaba porque, como digo, el mío es un país de timadores y de ladrones.

¿Quién iba a pararme a mí si en la televisión señores con traje y corbata hacían lo mismo sin inmutar sus sonrisas?

Un día mis padres me escribieron un mensaje para decirme que iban a venir a visitarme.

Tuve que inventar un montón de excusas, pero insistieron.

Yo acababa de pelearme con mi última compañera de piso, y no podía permitir que vinieran a casa, porque probablemente ella les contaría cosas feas sobre mí.

Busqué piso lo más rápido que pude. Entonces conseguí que unos tíos a los que les había vendido un iPad que robé me dejaran su piso entero durante días.

Aquel favor haría que mi deuda con ellos fuera inmensa.

Tendría que ingeniármelas para reunir más pasta de lo normal.

Mis padres me habían dicho que llegarían por la tarde, así que salí a la calle a buscar cualquier cosa que me permitiera saldar la deuda con esos tíos.

Reconozco que por primera vez en toda mi vida sentí miedo de qué pudiera pasar.

Me sentía mal, de modo que regresé a aquella casa caminando.

Llegando al barrio, cuando ya estaba anocheciendo, me encontré con una mujer que estaba de espaldas sacando dinero sola, con el bolso ligeramente abierto.

Nunca había atracado a nadie de esa manera, pero en aquel momento me pareció una cuestión de vida o muerte.

Me acerqué, la cogí por el cuello y le quité el monedero y los cincuenta euros que acababa de sacar.

La tía estaba asustadísima.

Juro que sentí el olor caliente de su pis y de sus lágrimas, mezclado con un perfume que me sonaba familiar. 

Aquel era perfume de la gente sencilla.

De la gente mediocre.

A varios metros, alguien pegó un grito.

Corrí todo lo que pude, y escuché chillidos a mis espaldas.

Pero nadie me siguió.

Di varias vueltas a la manzana antes de llegar a casa, por si las moscas.

Cuando llegué a mi nueva y extraña habitación me senté sobre la cama y me sentí como cuando a los seis años había robado mi primer y tierno tesoro.

Abrí la cartera, y lo que encontré dentro me dio un vuelco al corazón y a las entrañas.

Una foto de una familia feliz presidía el plástico que recubría el monedero.

En ella: mi cara, la de papá y la de mamá.

Había atracado a mi madre.

Había hecho a mi madre mearse encima del miedo.

Había conseguido que mi madre llorara asustada.

Había fallado.

Ahora sí que estaba jodida.

No soy un puto Robin Hood: soy todo lo contrario.

Soy un monstruo.

Creo que necesito un poco de ayuda.

Un poco de cariño.

Un poco de comprensión.

Pero todo eso no sé como tenerlo…

Las segundas oportunidades no se pueden robar

Visto en: PlaygroundMag por Luna Miguel

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