“¡AY MI BARRANQUILLA!” Carta de un costeño para Curramba La Bella!

Carlos Daniel Gomez Oñate

Eternas son las canciones de la maestra Esthercita Forero a su eterna pareja. Estas tienen más de treinta años pero el sentimiento que esta mujer le aplicó a cada melodía se ha conservado mucho mejor que hielo en los polos de nuestro planeta. Sentidos son nuestros gritos cuando bailamos al son del Joe Arroyo y gritamos “¡En Barranquilla me quedo!”. De gallina se vuelve la piel cuando escuchamos a Shakira en cualquier parte del mundo decir “En Barranquilla se baila así!”. Nostálgicos nos transformamos cuando en Diciembre escuchamos “Mi canto a Barranquilla” por el maestro Héctor Lavoe y ni se diga la recocha cuando es el viernes favorito del año y suena “La Guacherna”. Todos estos actos son la muestra perfecta de cómo un pedazo de tierra cabe en unos corazones del tamaño de un puño y cambia la esencia de quienes habitan, nacen o se enamoran de ella.

He tenido la oportunidad de vivir en muchas partes del mundo, pero como buen hijo prodigo siempre vuelvo a casa. Una casa de cientos de calles y carreras que nunca fueron fundadas, un hogar establecido en una tierra cálida (en todo el sentido de la palabra) anteriormente conocida como Las barrancas de San Nicolás. Esta es una tierra mágica pero poco misteriosa, tiene un encanto que aún es desconocido cómo se transmite. Todos los hombres caemos a los pies del movimiento de caderas de sus mujeres. Las esquinas se convierten en el punto clave de la socialización; ahí se juega dominó, se crean y se riegan chismes, es el punto de encuentro con los amigos, y es donde la mamá, abuelas o tías, lo mandan a uno a hacer el mandado. Tenemos la sangre teñida de rojiblanco pero también le mentamos la madre al tiburón cuando nos falla, lo cual no significa que no apoyemos hasta el final a tu papá, El Junior de Barranquilla. Somos la sociedad que es capaz de eliminar las clases sociales y crear el mejor carnaval del mundo. Puede aparecerse el papa Francisco o la reina de Inglaterra que igual les echamos maicena, les agarramos las nalgas y les gritamos “Es cachaco! es cachaco!”.

¿Qué tienes tierra bella, que todo el que pisa tus terrenos no quiere irse jamás? ¿Qué tienes tu, hermosa curramba, que nos heredas muchos dones a los nacidos de tu vientre? ¿Cual es tu magia mi consentida tierra caliente, que eres capaz de mover los cinco sentidos de todo ser sin necesidad de moverse? ¿Qué me hiciste arenosa, que donde estoy te añoro y deseo volver a ti?

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Que lindo es cerrar los ojos y acordarme de tu olor a matarratón, de tus calles amarillas de día y naranjas en la madrugada. Que rico era caminar por las calles y encontrar una tienda, cuya pintura es más vieja que el dueño, con mesas y sillas marca Rimax (de las cuales una de cada tres esta rota) y un parlante a todo timbal sonando una buena salsa, una pegajosa champeta o un viejo vallenato. Más rico aun cuando los Barranquilleros pasamos y nos dejamos seducir por instante, hacemos un corto baile en el anden lleno de monte en el vamos que caminando y pobre de la quincena si mezclamos esta seducción con unas cervezas heladas. Cuando estas mismas bebidas se destapan, todos los problemas empiezan a tener otro color y como nos pongamos a bailar ¿Cuales problemas?. Somos la ciudad feliz, somos una gente con muchísimos problemas, pero también somos quienes nos reímos solucionándolo. Todos conocemos el “Coge la suave”, sinónimo de nuestra manera de arreglar lo dañado, pero también tenemos expresiones compartidas con nuestros colegas costeños como el famoso “Eche”, el compadre “Nojoda” y la tía “Aja”. Y nada mas bacano que usarlas todas comiendo un chuzo desgranado un sábado en la madrugada después de una “tronco de rumba” o degustando de las no gourmet salchipapas. ¡Eso si es sabroso!

Que nostalgia mi curramba al escribirte estas palabras. Solo me acuerdo del “se esta acabando el año” de Olímpica Estéreo. Imposible escuchar “Mi pueblo natal” interpretada por los Zuleta y que no se escape una lagrima. Que brinque ni trompo nuevo al escuchar música de carnaval y mover los hombros al ritmo de la tambora. No es mentira, al son que nos toquen, bailamos. Como extraño esas brisas decembrinas que me ponían la guerra para prender las velitas los siete de diciembre o el simple hecho de irme a los centros comerciales a comer helado y “gorrear” aire acondicionado.

Definitivamente eres el mejor vividero del mundo. Tienes a mi familia, mi gente, mis muertos y mi corazón. ¡Ay Barranquilla!

Por Carlos Daniel Gomez Oñate para En Barranquilla Me Quedo

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