Cuando el Junior de Barranquilla fue la Selección Colombia

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El 7 de agosto, aparte de la Batalla de Boyacá y la independencia de Costa de Marfil, se celebra el cumpleaños del Junior de Barranquilla, uno de los clubes grandes de nuestro fútbol por muchas cosas: su masiva hinchada, su peso cultural para nuestro Caribe, sus títulos, su presencia y peso histórico en el campeonato… sin embargo, si algo diferencia a “Tu papá” del resto de clubes colombianos, es que es el único que jugó a nombre de la Selección. Porque sí, una vez el Junior fue Colombia, y además lo hizo con altura… esta es la historia:

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En 1945 Colombia fue invitada a participar en la Copa América (entonces llamada Campeonato Sudamericano) por primera vez, pero tras el fracaso de la Selección que se reunió para los Juegos Bolivarianos de 1938, la idea de un equipo nacional no había vuelto a materializarse. De esta forma, la Adefútbol, que era la Federación Colombiana de Fútbol adscrita a la Conmebol, decidió enviar al mejor equipo del país, compuesto sólo por jugadores colombianos: Junior, que sumó a algunos samarios como complemento al equipazo que conducían en el campo Roberto Meléndez y Romelio Martínez, los dos mejores futbolistas colombianos de finales de los 30 y comienzos de los 40.

Esto, por supuesto, generó un debate nacional pues en cada región exigían que sus respectivas figuras estuvieran en el equipo (como ven, nada cambia bajo el sol colombiano…).

El 20 de enero de 1945, día en que esa Selección Colombia de costeños jugaba su primer partido, y ante los comentarios despectivos aparecidos en la prensa del interior augurándole un gran fracaso, El Heraldo de Barranquilla publicó el siguiente editorial, en el que el fútbol se vuelve el fiel reflejo de lo que era la situación social de 1945:

“Dentro de pocas horas nuestros compatriotas, los futbolistas de la Costa Atlántica, nuestros hermanos por las costumbres, por el valor y las maneras, por todos aquellos atributos que caracterizan a los hijos de la costa, se aprestarán a rendir el esfuerzo máximo de su virilidad y de su coraje, más allá del Valle del Aburrá o de la gélida colina de Monserrate.

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Y así tenía que suceder. Para representar al país en el evento que hoy por hoy ocupa la atención de millares y millares de gentes de todos los países y latitudes, no era menester el concurso de “patilanudos” en trance de egoísmos comarcanos, ni de paisas avaros y calculadores. Bastaba solamente que de la greda originaria de la Costa, del limo fecundo de Barranquilla y Santa Marta, arrancara el grito patriótico para que nuestros embajadores empuñaran la bandera nacional, dispuestos a dejar sobre la arena de la gran república tatuada para siempre la huella de sus botas heroicas”.

Los brasileños ganaron 3 goles por 0 y la reacción en el interior del país fue de sarcasmo frente al equipo costeño mientras que en Barranquilla consideraban que los suyos habían opacado a los de Brasil al sólo permitirles hacer tres goles. Igual pasó cuando Argentina le ganó a Colombia por 9 – 1, gol este considerado heroico por los costeños y vergonzoso por los “cachacos”.

El chauvinismo llegó al límite cuando, al terminar el torneo y después de vencer a Ecuador, (3-1, es la primera victoria de una selección nacional en una Copa América) y empatar con Bolivia, El Heraldo de Barranquilla tituló en primera página “Colombia ganó el campeonato de los chicos” por haber finalizado en mejor posición que esas otras dos selecciones, mientras en el interior se le dio un balance negativo a la participación del Junior en el torneo en representación de todo el país, lo que generó aún más animadversión en contra de los “patilanudos”.

Cuando la selección costeña llegó a Barranquilla a comienzos de marzo el carnaval, que había terminado varias semanas atrás, se reactivó y se declaró día cívico llevando a los jugadores, encabezados por Romelio Martínez, en un desfile por toda la ciudad. Un par de años después el estadio de Barranquilla sería llamado así, Romelio Martínez, en honor del jugador del Junior que capitaneó la Selección Colombia de costeños de 1945, mientras su socio, Roberto Meléndez, le daría su nombre al Metropolitano, actual casa del Junior y, en una tremenda ironía para este país ultraregionalista, de la Selección Colombia.

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