Juan Gossaín: Soledad en Bogotá, crisis en Cali, progreso en Barranquilla y Medellín

Desde hace como cinco años, todo viajero que ha llegado de Bogotá al aeropuerto de Cartagena lo primero que hace, antes de saludar, es empezar a quejarse con un tono adolorido: que Bogotá esta invivible, que ya no es posible soportar los trancones del tráfico, que la ciudad está cada vez más pobre, que la inseguridad no tiene comparación, qué la gente se ha vuelto huraña, que la calidad de vida se ha ido perdiendo.

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Excúseme que hable en primera persona, pero es que yo mantengo con Bogotá una deuda de gratitud eterna, contraída desde la primera vez que pisé su suelo, hace ya casi cincuenta años. En aquel entonces no conocía a nadie, no tenía un solo pariente, jamás había visto esa ciudad. Y lo que encontré fue una mano tendida, un plato servido, trabajo, hospitalidad, cariño y una familia para el resto de la vida.

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Por eso, ante tantas noticias lastimeras, comprendí que mi deber de periodista, y, además, de periodista agradecido, era ponerme a investigar juiciosamente qué es lo que está pasando con la capital colombiana. Me dije que no todo puede reducirse a lamentos y quejumbres. Ni a emociones. Si ese deterioro es verídico, tiene que reflejarse en cifras y hechos concretos. Tiene que estar registrado en alguna parte.

Pasé casi un año metido de cabeza en una selva de documentos, investigaciones, estadísticas interminables. Tuve que sumar una y cien veces, volver a restar, sacar porcentajes. Y la verdad es que al final me sentí abatido ante lo que había encontrado, sobre todo en materia humana. Por ejemplo, ante los números helados y sobrecogedores de la soledad cada vez mayor que agobia a los habitantes de Bogotá.

La soledad

Antes de entrar en el universo helado de las cifras económicas, les propongo que nos detengamos en el drama de la gente. Hablo, específicamente, de la soledad. Según recientes informaciones oficiales del Dane, la ciudad tiene en este momento 7’980.000 habitantes. Prácticamente, ocho millones.

Me siento a conversar con César Caballero Reinoso, director de la firma Cifras y Conceptos, que es uno de los expertos que más tiempo y esfuerzo le ha dedicado a esa investigación.

—Las familias bogotanas son cada vez más pequeñas –me dice–. Por primera vez, el número de personas de un hogar bogotano es menor que el promedio del país.

La realidad es dolorosa: los problemas urbanos están dispersando la familia. La están atomizando. “De hecho –agrega Caballero–, el 14 por ciento de los bogotanos viven solos, en hogares unipersonales”.

Eso significa que en Bogotá hay 1’120.000 personas que viven sin la compañía de nadie. Un millón ciento veinte mil. Yo tampoco lo podía creer. Eso equivale a la población completa de Cartagena o de Bucaramanga.

Aunque parezca paradójico decirlo, la Bogotá de hoy es una ciudad en la que, mientras más crece la población, la gente está más sola.

Comienza la decadencia

Los números, que son tan tercos, demuestran que los indicadores económicos de Bogotá, que venían en un ascenso constante, comenzaron a decaer hace cosa de unos diez años, hacia el 2005.

Los primeros síntomas del deterioro no surgieron en la vida hogareña sino en el mundo empresarial. Un buen ejemplo es este: las empresas pagaban cada día más cara la matrícula de un vehículo, pero el tránsito era cada vez peor, los trancones más graves, y más deficientes los servicios públicos relacionados con el tráfico.

Las grandes zonas francas, con sus productos de exportación y sus puestos de trabajo, comenzaron a mudarse hacia poblaciones cercanas, donde las condiciones eran mejores y los costos, menores. César Caballero analiza ese fenómeno:

—Instalar una empresa fuera de Bogotá, pero cerca de ella, permite pagar menos predial, es más barato registrar un vehículo y queda más cerca de las zonas francas.

La construcción

El asunto ha llegado a ser de tales proporciones que en el 2015, el número de empresas establecidas en Bogotá era el mismo que había en el 2005, mientras que en el resto de Colombia las empresas crecieron un 13 por ciento en esos mismos diez años, según informa la Superintendencia de Sociedades.

Después comenzaron los quebrantos en el sector de la construcción, uno de los que más empleados ocupa. “La verdad escueta –anota Caballero– es que la administración Petro frenó las posibilidades de la construcción en Bogotá y generó mucha incertidumbre entre los empresarios”.

Aquí aparece otra vez la obstinación de las cifras, que son tan testarudas. En el 2010, las autoridades de Bogotá aprobaron un área de 4’326.000 metros cuadrados para construir nuevas viviendas. Pero seis años después, en este 2016 que ya se está acabando, solo se han aprobado 1’800.000 metros. La reducción es del 60 por ciento en seis años.

Lo cual significa, en lenguaje cristiano, que en los últimos años, mientras el número de viviendas nuevas es menor, el número de habitantes es mayor.Eso explica las congestiones, los hacinamientos y los trancones.

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Comparen ustedes: en el mismo período, una ciudad como Barranquilla pasó de autorizar 323.000 metros cuadrados nuevos a 722.000. Creció el 123 por ciento. Veamos el mismo fenómeno desde otro ángulo. En esos seis años, el consumo de cemento gris bajó 7 por ciento en Bogotá. En el resto del país subió 55 por ciento.

Más gente pero menos plata

Otro indicador elocuente es el de la salida de viajeros nacionales desde Bogotá. Hace veinticuatro años, en 1992, el 14,8 por ciento de los pasajeros que se movían internamente en Colombia salían de Bogotá. Hoy es el 7,8 por ciento. Ha bajado alrededor del 47 por ciento.

Esa situación, naturalmente, se tenía que reflejar en el aporte que Bogotá hace a la economía nacional. El producto interno bruto (PIB) de un país mide su producción anual a precios del mercado. Pues bien: en el 2004, Bogotá aportaba el 26,6 por ciento del PIB colombiano, pero en el 2014 su aporte fue de 24,8 por ciento. En vez de crecer, bajó 1,8 puntos en diez años.

—Lo cual significa –me dice Caballero– que, no obstante tener más gente, su peso en el desarrollo nacional es menor. Cómo será que en 2010 la ciudad aportó el 6 por ciento en recaudo de impuestos nacionales, pero el año pasado fue solo del 5 por ciento.

Como era de esperarse, la propia economía local de Bogotá se ha resentido ante esta realidad. Empresas y hogares han reducido sustancialmente sus gastos porque la ciudad dispone hoy de menos dinero que antes. Por ejemplo, el consumo de energía eléctrica de los bogotanos en el 2005 representaba el 20 por ciento del total del país, pero en el 2015 fue de 16,8 por ciento. En vez de subir, bajó 3,2 por ciento. “Otra vez lo mismo –exclama César Caballero–. Aunque hay más gente y mayor concentración de población, la ciudad consume menos energía”.

Ni para qué decir que las cifras del acueducto son similares.

El caso de Cali

Un fenómeno similar al de Bogotá se presenta en Cali. “Entre las cuatro grandes ciudades colombianas –señala Caballero–, Cali es la que muestra un mayor rezago en todos los indicadores económicos y sociales”.

El deterioro caleño de los últimos años ha afectado en general al Valle del Cauca, donde el número de suscriptores de los acueductos, en lugar de subir, como sería lo natural, bajó 6 por ciento en un solo año, entre el 2014 y el 2015.

Según las cifras del Dane, en el área metropolitana de Cali hay en este momento doscientas industrias menos que en hace cinco años.

—El caso de Cali –agrega Caballero– tiene mucho que ver con un profundo fraccionamiento entre dos ciudades que conviven en una sola, se desconocen y desconfían entre sí: la masa humana del distrito de Aguablanca y otros sectores populares, por un lado, y la clase dirigente y el empresariado, por el otro.

Y añade que, además, “los efectos devastadores del narcotráfico dejaron a la ciudad con una dirigencia política muy menguada y no siempre en manos de los mejores. Por último, y como si fuera poco, teniendo la gran oportunidad del puerto de Buenaventura en el Pacífico, los dirigentes caleños no han sido capaces de terminar una buena carretera que genere un crecimiento armónico con el puerto. Eso es un gran desperdicio”.

Barranquilla y Medellín

En medio de este panorama, también hay espacio para la esperanza y el optimismo. He aquí los casos de Medellín y Barranquilla.

Caballero advierte que, por haber sido la que arrancó de más abajo entre las cuatro ciudades, Barranquilla es la que tiene ahora unas tasas de crecimiento más altas, y luego Medellín. “Barranquilla y Medellín están disparadas –exclama–. Son un asombro de progreso”.

Como en los casos negativos, también en los positivos las cifras son elocuentes y contundentes: en Barranquilla, el empleo creció 10 por ciento en los últimos diez años. En Medellín subió 8 por ciento. Y en el mismo período, el aporte barranquillero a la producción nacional tuvo un aumento del 150 por ciento –se multiplicó por tres–, y el de Medellín fue de 140 por ciento.

Epílogo

Estamos terminando de revisar estadísticas, repasando números, mirando datos. César Caballero se detiene de repente para estirar los brazos y me dice que, entre sus arrumes de documentos, acaba de encontrar un auténtico tesoro de las curiosidades colombianas: que actualmente, en las cuatro ciudades más importantes del país, el 39 por ciento de la gente tiene una mascota. Perros, en primer lugar, y luego gatos. Imagínese usted.

Visto en El Tiempo por Juan Gossaín

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