Sus padres le contaron que su hermano se había ido de casa, pero esa no era la verdad…

Mi hermano desapareció hace mucho tiempo. Yo pensaba que se había escapado de casa. Para resumir, contacté con varios detectives que mis padres habían contratado desde la desaparición de mi hermano. Cuando empecé a hacer preguntas, me dijeron que mi hermano ya no se encontraba en los registros de personas desaparecidas. Cuando pregunté qué significaba eso, me contestaron que mi padre había retirado la denuncia.

Le pregunté a mis padres – a mi padre, en realidad – pero no obtuve respuesta. Mi madre por fin me dijo que mi hermano estaba vivo y bien, al menos por lo que ella sabía. Encontraron a mi hermano hace años – hace mucho, mucho tiempo – y descubrieron que vivía con otro hombre. Mi hermano había intentado retomar el contacto, pero ellos le dijeron que no querían tener nada que ver con él, que yo no lo recordaba y que no me gustaría verlo…

Fui un arma arrojadiza y mis padres ni se inmutaron por ello. Ellos odian sinceramente a mi hermano por lo que es, por ser homosexual. Y lo mantuvieron en secreto durante toda mi vida. Mi hermano se perdió el nacimiento de su sobrino, se perdió mi boda, graduaciones, todo, solo porque mis padres me mintieron.

Fui capaz de conseguir un número de teléfono e información de contacto en comisaría. Mi hermano había dejado la puerta abierta por si alguien de mi familia quería ponerse en contacto con él. Allí estaba yo en el trabajo y sin poder concentrarme, solo pensando en esa llamada. Hubiera ido en persona pero su supuesta casa estaba al otro lado del país. En cualquier caso, sabía con seguridad que estaba vivo, mi hermano estaba vivo.

Recuperé la compostura y llamé a mi mujer. Ella es mi confidente y le cuento todo. No se sorprendió demasiado cuando le conté toda la historia. No es fan de mis padres precisamente. Sin embargo y como muchos de vosotros haríais, me dijo que tenía que llamar a mi hermano de inmediato. Insistió en que lo hiciera. Recogió a mi hijo y se marchó de casa para que yo pudiera regresar y estar a solas y tranquilo para afrontar la llamada.

Marqué el número seis o siete veces antes de pulsar el botón de “llamada”, pero cuando comenzó a sonar colgué. Luego me enfadé conmigo mismo y llamé de nuevo. Sonó y sonó, pero saltó el contestador, solo un mensaje de voz, nadie respondió. No quería dejar un mensaje, eso era ridículo. Colgué y llamé a mi mujer, le dije que volviera a casa pero ella rechazó la idea de volver hasta que no consiguiera hablar con alguien al otro lado de la línea telefónica.

Aproximadamente una hora después y con dos copas de whisky, llamé de nuevo. Era la una de la tarde, el teléfono sonó tres veces y volví a colgar, pero esta vez me devolvieron la llamada. Pensaba que mi corazón se iba a parar. Al tercer tono descolgué el teléfono.

La primera cosa que oí fue a un hombre riendo de fondo, y se escuchaba viento. La persona al otro lado estaba en la calle y hacía aire. “¿Quién es?” dijo.

Era su voz. Conocía esa voz. Era mi jodi** hermano, ¡mi hermano! Quien había estado lejos toda mi vida. Me cubrí la boca con mis manos temblorosas y me senté. Él continuó preguntándome que quién era. El hombre del fondo le habló de nuevo y colgó. Yo le volví a llamar y él respondió.

Fui un grandioso imbécil. Décadas sin verlo y pensando que había muerto y lo primero que le dije balbuceando fue: “Tengo tu número”.

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Me preguntó que quién era y que qué quería. Yo le dije “Soy yo”. Hubo una pausa muy larga, creí incluso que la llamada se había cortado. Entonces oí que le pedía a alguien que apagara la radio y cerrara la venta. El sonido del viento cesó. Me preguntó mi nombre y yo se lo dije. No me creyó. Le dije que había conseguido su número en comisaría ayudado por los antiguos agentes de niños desaparecidos. Le oí tragar saliva. Me preguntó de qué color eran los cordones de sus zapatillas el día que fuimos de picnic cuando éramos niños. Recordé cómo mi madre se volvía loca por culpa de esos cordones naranjas sobre unas zapatillas azules. Fue la última vez que estuvimos juntos como una familia.

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Me di cuenta de que estaba llorando. Lo primero que me preguntó fue “¿Dónde estas?”. Le dije que vivía a pocas horas de casa y sin vacilar me dijo “Ya voy”. Fue al aeropuerto sin equipaje, compró un billete y voló hasta mí. Yo fui al aeropuerto y cuando él salió por la puerta de embarque lo reconocí al instante. Era musculoso, de mediana edad y pelo negro y gris. Se parecía mucho a nuestro padre, sólo que más joven. Sé que no debía decirle eso, o lo mismo enloquecería.

Empujé -literalmente- a un anciana de mi camino y lo abracé. Él me abrazó. Estaba llorando y yo también lloraba. Estábamos rotos de emoción. Nos dirigimos al bar del aeropuerto. No me perdió ni un segundo de vista. Me agarró del brazo y me dijo lo irreal que parecía todo. Me pidió disculpas y continuó llorando. Se sentía fatal. Le dije que lo olvidara y me contara todo sobre su vida.

Está casado. Su marido es médico, un oncólogo pediatra. Viven en Pacific Northwest y tienen dos hijas, de 12 y 8 años. Él trabaja como consultor jurídico y tiene su propia empresa. Tiene una buena vida y es feliz. Me dijo que pensaba que yo le odiaba y que no quería tener nada que ver con él. Estuvimos horas sentados en aquel bar. Horas. Creo que fueron unas 6 horas antes de que le rogara que viniera a casa a conocer a mi mujer.

Llegamos a casa y mi esposa estaba hecha un desastre. Le abrazó cariñosamente e insistió en que se quedara con nosotros. A este punto, su marido estaba volviendo loco y no dejaba de llamar. No tenía ni idea de que estaba pasando. Casi pensaba que se había fugado o algo así, pero salió para explicarle todo.

Mi hijo y mi hermano eran como dos gotas de agua. Honestamente, nunca había querido niños. Mi hijo fue un accidente increíble, pero aun así no me considero bueno con los niños. Creo que voy a romperlos. Mi hermano, en cambio, es un profesional, los niños lo adoran.

Se quedó con nosotros dos semanas. Y en dos semanas mi vida cambió. Su marido y sus dos hijas volaron para quedarse con nosotros. Mi cuñado y mis dos sobrinas. Mi familia. Eran mi familia. Son mi familia.

Mi hermano quiere que mi esposa y yo nos traslademos para estar más cerca de él y a mi esposa le parece perfecto. Yo trabajo como profesor en la universidad y ellos ya han comenzado a tantear el terreno en busca de una plaza libre. Ya hemos encontrado una convocatoria para profesor titular y un sueldo más alto.

Yo no pieno perdonar a mis padres, pero mi hermano aún los ama. Se presentó en casa de ellos. Llamó al timbre y mi padre le cerró la puerta en la cara. Mi madre le dio un abrazo, le dijo que se cuidara y luego se apartó de él. No puedo perdonar eso. No tengo intención de permanecer junto a ellos. Quiero estar con mi familia. Quiero compensar el tiempo perdido.

Son las 2 de la mañana y ahora estoy bebiendo un vaso de whisky mientras organizo algunos papeles. Mi maravillosa esposa duerme en el sofá. A ella le gusta verme corregir exámenes. Mi hijo duerme en su habitación abrazado a los peluches que su tío le trajo. Yo estoy aquí, tan alegre, tan satisfecho con la idea de que mi familia haya crecido y se haya duplicado de tamaño repentinamente. Mi corazón está lleno de felicidad. Soy muy feliz en este momento. Tan feliz.

Visto en LaVozDelMuro

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