¿Que es ser un petardo? Los casos de Iván Mejía y Carlos Antonio Vélez

En alusión al comportamiento personal, el diccionario define la palabra petardo como relacionada con un individuo pesado, aburrido y fastidioso. Ese es el sentido que en Colombia le damos al término cuando se lo aplicamos a alguien fanfarrón, arrogante, bilioso, problemático y tendencioso.

Es indudable que los petardos habitan en todos los escenarios de la vida social, sin distingo de estrato, profesión, ideología o partido político. El petardo es el individuo molestoso, criticón, infumable, que siempre vive buscándole el pelo blanco al gato negro más allá de toda mesura.

En el fútbol colombiano hay varios comentaristas cuyo comportamiento se adecúa perfectamente a la definición de petardo que acabo de describir; pero existe un par de estos especímenes que podría ser calificado como campeón indiscutible del petardismo deportivo nacional.

Esos tipos adolecen del mal de Procusto (personaje de la mitología griega), a quien le complacía estirar el camastro para desmembrar a los pequeños o encoger la cama para cortarle los pies y la cabeza a los grandotes. Es decir, si algo no coincide con su visión o sus deseos, el problema no está en ellos sino en la realidad, que intentan siempre estirar o encoger para adecuarla a su perspectiva amañada. Igual que Procusto.

Hace rato se la dedicaron al técnico de la Selección Colombia, y solo ven en su trabajo metidas de pata, torpezas o errores gruesos. No se sabe por qué razón derraman su bilis sobre la labor de José Pékerman, pero es de suponer que (por la profundidad del odio que le profesan) su aspiración más visible es ver rodar su blanca cabeza ensangrentada.

Tratan de montarle, sin éxito, las alineaciones y en sus programas en vivo pontifican sobre quién debe jugar y quién no debe hacerlo, más allá de cualquier crítica moderada. A raíz del último partido en La Paz, uno de los petardos se atrevió a sostener que en la altura no debían jugar Bacca, James y Cuadrado, como si adivinara que dos de ellos harían goles.

Otro de los petardos (y que conste que a veces es difícil decidir cuál de los dos es más petardo) dijo en televisión que Colombia había ganado porque Bolivia era el peor equipo. Es decir, le negó, llevado por su exceso de petardismo, cualquier importancia al cuerpo técnico y a los jugadores en la consecución de ese difícil logro en la anormal altura en que fue conseguido. ¿Ustedes se imaginan lo que hubiera dicho si Colombia empata o no obtiene el 3-2?

La molestadera de los petardos llega hasta el extremo de ponerle plazo a la permanencia del técnico: si no gana estos juegos tiene que irse, no juega a nada, el equipo se sostiene por la calidad de los jugadores, no por la incompetencia del técnico y otras frases de esta clase, siempre cargadas de fuerte veneno.

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O sea, los petardos, arrastrados por su visión tendenciosa, olvidan (o parecen olvidar) todo lo que ha sido Pékerman en el fútbol internacional y lo que este entrenador ha logrado con nuestro equipo. Inclusive: el mal momento que ha presentado el onceno no se debe a los lesionados y al bajo nivel de algunos futbolistas, sino a la ineptitud del técnico. En síntesis, su arrogancia solo está enfocada en tumbar al técnico y por eso pierden completamente el equilibrio.

Sacar a Pékerman es su obsesión y para lograrlo tuercen la realidad para acomodarla a ese propósito. Igualmente, tergiversan las cosas (como lo haría Procusto) para confundir a la gente y para presentar su estilo tendencioso como si fuera imparcial y ajeno a la perversidad, lo cual le agrega una dosis de cinismo a su proceder.

En Carlos Antonio Vélez e Iván Mejía se concreta la arrogancia y la maldad propia de los petardos que actúan a conciencia, pues manipulan a la gente para conducirla a la aceptación de sus opiniones amañadas y cargadas de mucha bilis. Ellos no buscan mejorar sino destruir el proceso de la Selección, mediante el saboteo sistemático de lo que hace Pékerman, y su intención no es ayudarlo sino sacarlo.

Es cierto que el periodista deportivo goza en nuestro medio de libertad para expresar lo que le plazca. Pero hay linderos que no se pueden rebasar sin que se produzcan consecuencias muy negativas para la imagen del propio periodista. La sabiduría o el conocimiento del fútbol no deben llevar a nadie a sobrepasar los límites en que se resguardan la decencia, el equilibrio y las buenas maneras, tan indispensables en cualquier profesión, incluida la de periodista deportivo.

El saber también es utilizado para hacer daño, para la maldad y para las poses de los perversos, como lo demuestra la experiencia histórica. La fama de petardos, de infumables, de Carlos Antonio Vélez y del señor Iván Mejía está bien ganada, y define de modo muy preciso su estilo, saturado de arrogancia, irrespeto y espíritu pendenciero.

Que el técnico y los jugadores sean objeto de la crítica informada es lo más normal y conveniente. Pero no es correcto convertirlos en pararrayos del odio visceral y de los juicios malintencionados, porque ese proceder enfermizo no busca arreglar los procesos sino destrozarlos, teniendo por norte solo el interés personal más mezquino.

Creo que hasta Procusto estaría en desacuerdo con el comportamiento de sus dos discípulos, los petardos Iván Mejía y Carlos Antonio Vélez.

Visto en: ZonaCero

Por Milton Zambrano Perez

@MiltoZP

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