¿Por qué generaba tanta polémica Luis Carlos Vélez?

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El viernes 23 de mayo Luis Carlos Vélez fue uno de los primeros en llegar al set que había preparado Caracol Noticias para el debate Presidencial. Impecablemente vestido, se sentó para que dos maquilladoras borraran de su frente, sus mejillas y su mentón, las verdades de la vida real. Mientras tanto Vélez le quitaba a su frac negro cualquier mota que se le hubiera pegado en la redacción. En tanto le instalaban el micrófono y su infaltable apuntador, gesticulaba letras y palabras para que la ‘genlua no se le redaraen’. En aquellos momentos previos no se le despegó su memoria externa; es decir su productora, quien incluso, le llevó todo el programa al oído. Situaciones que quedaron grabadas para la posteridad.

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Constantemente de su bolsillo no sacaba su celular, si no que llevaba a la altura de su pueril rostro un espejo de mano, donde verificaba que todo estuviera bien maquillado. Todo comenzó bien hasta que sus constantes acotaciones e interrupciones, aunque él no cayera en cuenta porque estaba en su salsa, empezaran a exasperar a los invitados y a los televidentes. No lo dice quien escribe este perfil, lo dicen las miles y miles de críticas que recibió en la red social Twitter –llevando su nombre a ser tendencia por dos días-, los memes en Facebook y los comentarios de varios de sus colegas en la radio. Pero Vélez había asumido tanto su papel de dueño y señor de casa, que ni cuando se levantaron en el primer corte dos de los candidatos a reclamarle que estaban en un debate, logró entenderlos, ni mucho menos reflexionar y dejarlos ser protagonistas.

Al contrario. En el segundo corte, cuando ya no solo se le fueron encima dos sino cuatro de los cinco candidatos, sus oídos fueron sordos y más bien les levantó las manos como si estuviera frente a los periodistas que dirige. De camino a su silla se paró frente a la comitiva que había llevado el Presidente Santos –su esposa, sus hijos y el exministro Vargas Lleras- y soltó una frase que aún no he podido descifrar: “Lo normal es que en esto siempre se ataque al árbitro”, sonrió y prosiguió su camino hacia la noche donde recibió más rechiflas que aquel juez que un día expulsó a Pele.

A propósito, el 6 de octubre de 1977 en una emotiva despedida en el Estadio Maracaná, Edson Arantes Do Nascimento se retiraba del fútbol competitivo para irse a probar suerte en el Cosmos de Nueva York. Carlos Antonio Vélez fue uno de los pocos periodistas colombianos que estuvo allí, cubriendo ese momento histórico, aunque fuera de cuerpo presente porque en realidad su cabeza estaba a miles de kilómetros de Río de Janeiro; exactamente en Bogotá, donde nacía a esa misma hora su hijo Luis Carlos.

Una infancia feliz, vivida a la sombra de uno de los periodistas deportivos más influyentes del país, marcó irremediablemente su vocación hacia los medios, así su padre nunca estuviera completamente de acuerdo con esta elección de vida: “Uno siendo una figura pública está demasiado expuesto a los madrazos, a los señalamientos”, recuerda este estudiante del Liceo Cervantes.

Una vez se graduó como bachiller decide inclinarse por estudiar economía en Los Andes y descartar administración de empresas, su otra pasión, porque la consideró: “Muy light”. En 1995 inicia su carrera en el periodismo. Gracias a la amistad que unía a su padre con Jairo Tobón de la Roche le dieron trabajo en La mega, dónde no sólo contestaba el teléfono sino que de vez en cuando lo dejaban poner un disco. Su faceta de disc-jockey fue efímera y en 1998 nos volvemos a encontrar con este hincha del Manchester United en el mundial de Francia, donde descrestó a Jorge Alfredo Vargas, quien afirma, entre espantado e incrédulo, haberlo visto leer un libro de economía de más de 600 páginas y para mayor fascinación del presentador de reinados: “El libro estaba escrito en inglés”.

En esa época, entre los colegas que compartieron con él, el cubrimiento de la copa mundo, nació la fama de arrogante y malgeniado que aún hoy, cuatro mundiales después, lo acompaña. Ante estos señalamientos Vélez, que es además un devoto de la Virgen del Carmen y el Divino niño, responde con desparpajo: “Todos los periodistas somos antipáticos. Todos creemos que tenemos la verdad absoluta. Todos creemos que hacemos nuestro trabajo súper bien. Yo no hago mi trabajo súper bien, yo hago lo mejor que puedo y seguramente cometo muchísimos errores”.

Cansado de la envidia que según él sentimos los colombianos ante los grandes hombres que como su padre,  tratan de construir, a punta de analizar un clásico entre Huila y Cúcuta, un mejor país, decide irse para Estados Unidos, donde se sintió desde el principio “Como pez en el agua”. Estudió en Harvard y en otra universidad muy cara de cuyo nombre no puedo acordarme. Trabajó en Ephron como analista financiero y su enorme y precoz sabiduría no pudo impedir que la empresa se hundiera en uno de los escándalos más sonados de los últimos cincuenta años.

Pero no duraría demasiado tiempo sin trabajo. Su capacidad lo llevó a conocer a las personas correctas que no tardaron en posicionarlo en los medios más encopetados de ese país sin haber estudiado periodismo, ni más faltaba. Si la Escuela de las Américas adiestraba dictadores latinoamericanos en la mitad del siglo XX para cuidar los intereses estadounidenses en el continente, CNN acostumbra a formar los periodistas que después volverán a sus pobres países de origen, a dirigir los medios de comunicación que dictaminan y manipulan la conciencia y la opinión pública.

Siete años vivió en Atlanta y pensaba quedarse allí para siempre, si no hubiera sido por la propuesta que otro delfín, Alejandro Santo Domingo, le hizo una noche en Nueva York: a sus 34 años se convertiría en el director de Caracol Noticias. Se lo pensó un poco y después de consultarlo con ese oráculo infalible que es Carlos Antonio, “el verraco de los verracos” como lo llama el propio Luis Carlos, decidió decirle que si a la propuesta, a pesar de que era duro, muy duro dejar un país civilizado en donde no hay guerrillas, ni roban, ni matan, para devolverse a sufrir al tercer mundo. Pero, ¿qué motivó a este cosmopolita admirador de Christiane Amanpour regresar a la nación de La negra candela?  La respuesta nos la da él mismo con su habitual humildad: “Tuve tres motivos importantes: mis padres, llevábamos 10 años sin estar juntos; la segunda es que yo quería hacer algo por mi país. Como no soy empresario ni político, esto es lo único que yo sé hacer y quiero ayudar con mi profesión; y la tercera era porque tenía la oportunidad de volver al sitio que me dio mi primera oportunidad.  En definitiva, era la ocasión para poder devolver a la gente que me había dado algo: mis padres, mi país y mi empresa”

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Y vaya que ha devuelto con réditos la confianza que el grupo Santo Domingo depositó en él. Desde que llegó a Caracol Noticias no demoró demasiado tiempo en demostrar para quien trabajaba este hombre cuyo programa favorito es Bob Esponja y que afirma que su ética periodística le impide admirar a algún político. No sería cortes recordar que Vélez llevó al noticiero a la cúspide en temás de rating, pasando de lejos a su rival en audiencia. Algo le imprimió y eso de inmediato se reflejó. Pero los televidentes no perdonan el hecho que un día duerma en Roma para presentar el habemus Papa y amanecer en Venezuela presentando la muerte de Chávez. Su protagonismo se lo critican hasta sus propios colegas, que lo hacen tras bastidores porque saben que es el jefe y pueden se echados por reclamar las millas.

Sin embargo verlo entrevistar a Obama o a Santos es presenciar algo muy parecido a una lustrada de botas o una felación. Ese afecto se evapora cuando frente a él tiene a alguien de menos calibre, como cuando invitó en su programa al senador indígena Marco Anibal Avirama. A Vélez sólo le faltó el sombrero y la gabardina negra de la Gestapo diseñada por Hugo Boss para que quedara bien claro que lo que veíamos no era una entrevista sino el más feroz de los interrogatorios. La saña con que acosó y señaló a los indígenas que con justicia protestaban por la intromisión de la fuerza pública en un territorio que ellos consideran sagrados, dejó en evidencia para quien trabaja el muchacho de las medias de colores.

El año pasado en un conversatorio en EAFIT el periodista Sebastián Díaz-López le preguntó sobre éste exabrupto y Vélez le contestó, con su reconocida sencillez: “Esa es su percepción pero no es la mía y seguramente las personas que siguen al presidente Santos consideran que lo ataqué (¿?). El mundo es de percepciones. Unos dicen que soy comunista otros que soy de derecha… es mejor no prestarle atención a esos comentarios”

Este episodio no ha sido el único en el que este profuso lector de libros como Padre rico, padre pobreha demostrado ser un hombre agradecido, sobre todo con aquellos que lo han puesto en tan privilegiada posición. Recién fue liberado Romeo Langlois, Vélez lo acorraló en uno de sus  acostumbrados interrogatorios. Fiel a su estilo en donde más que preguntar afirma, insinuó que el reportero francés era simpatizante de las FARC y se alteró cuando Langlois afirmó que: “Ustedes no saben nada de este conflicto, acá creen que la guerrilla son monstruos que comen niños y acá lo que pasa es que esta guerra es tan compleja que no existen buenos ni malos”, e hizo gala de su matonería cuando obligó al documentalista a darle la carta que las FARC le había entregado para que se la diera al gobierno de Sarkozy, como si en vez de ser un simple entrevistador tuviera poderes de Presidente.

Su fanatismo neo-liberal le ha hecho creer que no existe un mejor modelo económico para el continente. Ese fervor se evidencia cada mes en los tendenciosos y aburridísimos artículos que escribe para Esquire Colombia, en donde deja claro que la única manera que los jóvenes de este país pueden salir adelante es no quejarse tanto por las condiciones económicas en las que pudo nacer, sino trabajando muy duro y por supuesto creando empresa, algo muy paradójico de decir para un niño que trabaja para una empresa ajena.

Desde que llegó a Caracol no ha hecho otra cosa que agringar el trabajo y los programas. Cuentan que sobre un tablero ha escrito cuál es su aspiración para cada uno de los espacios emitidos: quiere que el  noticiero de las 6:30 de la mañana se parezca a Good Morning America;  que el de las 12:30 sea como Fox News Live, que se caracteriza por las notas en vivo. Para el de las 7:00 p.m. pensó en el resumen nacional de noticias de NBC Nightly News con Brian Williams. Y el de las 11:30 p.m., bautizado Última Edición, vino de Anderson Cooper 360, un programa de reflexión de los hechos más importantes del día.

Un periodista de El espectador se atrevió a preguntarle por su evidente complejo gringo, Luis Carlos mira al cielo fastidiado, como pensando “¿Por qué diablos será que a estos indios les cuesta tanto trabajo entender mis métodos cosmopolitas?” luego toma aire y con displicencia va iluminándonos con su respuesta  “Me parece chistoso que lo digan porque la televisión se inventó en 1953. Ahora bien, si fuera así, ¿qué tendría de malo? CNN es la mejor cadena de noticias del mundo y obviamente me quiero parecer al mejor. Allí trabajé siete años de mi vida y están mis mejores amigos. Es como si trajeran a un extécnico del Real Madrid para que dirija un equipo colombiano y le piden que juegue como el Barcelona. Obviamente el tipo primero no sabe cómo juega el Barcelona ni le interesa”

Hasta el momento el rating había ocultado las evidentes condiciones humanas de quien no le tiembla la voz para compararse con David Westin “Si él fue director de ABC News a los 30 años, a mí por qué me va a dar miedo a los 35” y que ante la incesante lluvia de críticas que han caído desde su regreso a Colombia él responde tirando estas piedras “Yo sí me le paro a cualquiera y le pregunto, ¿cuántos huracanes ha cubierto usted? ¿Cuántos terremotos ha cubierto usted? ¿Cuántas veces han presentado en un canal internacional? ¿Cuántos presidentes ha entrevistado en los últimos 18 meses?”. Pero ahora, después del desastroso debate presidencial, en dónde ante los ojos del público quedó como un hombre sin independencia, Luis Carlos Vélez seguramente tendrá mucho que reflexionar, bajar un poco la altura de su mirada y el maquillaje de su piel, porque nosotros, con nuestra corronchería y provincianismo, estamos muy lejos de entender el cosmopolita sendero que nos quiere mostrar esta triste y tercermundista imitación de Larry King.

 

Un articulo de: las2orillas.co

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