“Unitranca”: 23 años de la matanza que aun se encuentra en la memoria de los Barranquilleros

Foto: Prensa El Heraldo

“Yo tenía como 15 años de trabajar en la Universidad cuando sucedió el caso. Era aseadora y conocí de cerca a las personas que estuvieron involucradas en el hecho. Incluso a mí me tocó declarar, pero después me salí de todo eso”. Este fue el relato de Natalia Duque Mercado, la mujer que limpió por mucho tiempo las instalaciones de la sede centro de la Universidad Libre y que conoció muy de cerca el horrendo caso de la matanza de los indigentes, ocurrida en el año 92.

Hoy, esta mujer de 77 años, al igual que otras personas que conocieron de cerca detalles de la matanza que horrorizó a Barranquilla y al país, ayudaron a EL HERALDO a reconstruir la historia.

Hace veinte años, el mundo entero conoció el escalofriante caso de la Universidad Libre que enredó a varios de sus funcionarios, desde personajes de cuello blanco hasta comunes vigilantes, con el asesinato colectivo de indigentes barranquilleros útiles, según ellos, para evitar que la facultad de medicina colapsara con su clase de anatomía y además para comerciar uno que otro órgano en diferentes latitudes.

A finales de febrero, un día de Carnaval, estalló el escándalo: ‘basuriegos muertos a bala y a trancazos dentro de la Universidad Libre’.

¿Qué pasó? Las víctimas, unas diez en total, habían sido invitadas por los celadores a entrar de madrugada a las instalaciones de la Alma Máter para que buscaran en las áreas más apartadas viejos papeles y cartones, de preciado valor para ellos. Uno por uno iban pasando y cuando eran guiados hasta el ‘tesoro’: blamm, un trancazo en la cabeza para acabar de una vez con sus vidas.

El macabro negocio se descubrió de mañana. Como trama de película hollywoodense, uno de los basuriegos – que había entrado a buscar elementos para reciclar– logró sobrevivir al cruel ataque de los celadores. Omar Enrique Hernández López, como fue identificado el reciclador, corrió y corrió hasta llegar a un puesto de Policía cercano y enseguida avisó sobre las atrocidades que se cometían en el plantel educativo.

Inicialmente, el uniformado de turno no le creyó al indigente. No era fácil que la balanza se inclinara hacia su favor, menos cuando llevaba la cabeza ensangrentada producto de impacto de bala en la oreja, y un brazo roto a causa de un golpe con un objeto contundente.

Fue tanta la insistencia de Hernández que terminó convenciendo al agente para que lo acompañara hasta la sede centro de la Libre, localizada a pocos pasos. En el lugar, el agente y el reciclador trataron de entrar a la universidad, pero los celadores que acababan de recibir turno se lo impidieron.

Tal situación llamó la atención del uniformado y, luego de varias llamadas a la Estación Central de la Policía, un piquete de agentes llegó al sitio. La presión policial hizo que los celadores de la universidad se vieran obligados a dejarlos entrar hasta el anfiteatro, punto de donde horas antes había escapado el astuto basuriego.
“Aquí, aquí están los otros cuerpos”, le dijo Hernández a los uniformados.

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En efecto, los policías hallaron en el cuarto frío los cuerpos de indigentes asesinado a tiros y a garrotazos. En cubetas de formol guardaban los órganos.

A partir de allí se desencadenó toda una investigación que, inicialmente, solo estuvo en contra de los vigilantes identificados por Hernández. Uno de ellos fue Santander Sabalza Estrada, quien llevaba unos 17 años trabajando para la universidad. Además de la vigilancia, él era el encargado de preparar los cadáveres que ingresaban a la morgue.

EL HERALDO llegó a la residencia actual de Sabalza en Sabanalarga, pero fue imposible contactarlo. Sin embargo sus familiares comentaron que cuenta con 72 años, se dedica a las labores del campo y practica el cristianismo.

Según los expedientes de la época, otros dos trabajadores se dedicaban junto a Sabalza a descuartizar los cuerpos y a seleccionar los órganos que usaban los estudiantes de medicina.

En ese tiempo, Andrea Castillo, cursaba séptimo semestre de medicina. Hoy, desde el extranjero, la profesional contó que el 92 quedará por siempre en su memoria, pues casi se retira de la universidad a causa de los malos comentarios de la gente.

“Todos hablaban de eso dentro y fuera de la universidad. Nos decían estudiantes de la ‘unitranca’. Las clases fueron suspendidas y los estudiantes tuvieron que optar por las marchas para que se reanudaran. Yo asistí a dos de esas marchas”, indicó la profesional.

Tiempo después de conocido el caso y de que los medios de comunicación realizaran de este un profundo despliegue, las autoridades judiciales vincularon a la investigación a otros empleados de la universidad, incluyendo a unos del área administrativa como el gerente Eugenio Castro Ariza. Él, según las autoridades, fue el cerebro de todo el andamiaje criminal.

Por todo hubo siete detenidos por el macabro hecho, aunque la Policía alcanzó a llamar a indagatoria a unas 12 personas.

Un exinvestigador del F2, lo que hoy es conocido como Policía Judicial Sijín, contactado también por EL HERALDO, reconoció que “no fueron capturados y encarcelados los individuos que, en realidad, estaban vinculados a los crímenes”.

El exagente añadió que parte de la matanza quedó en la impunidad.

El caso de la Unilibre aún está en la memoria de los barranquilleros. Para muchos, los Carnavales del 92 se quedarán por siempre en la historia de la ciudad, no por el derroche de alegría que hubo en los 4 días sino por la estela de sangre que dejó el múltiple crimen de los habitantes de la calle.

Rostros en Medicina Legal

El Instituto de Medicina Legal elaboró réplicas de posibles rostros de varios indigentes que fueron asesinados el año 1992 para vender sus cuerpos y órganos a estudiantes de medicina de la Universidad Libre. En el organismo aún reposan varias de estas réplicas, pues nunca aparecieron familiares de las víctimas de la masacre.

Visto en: El Heraldo

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