Es mejor no ir a la Iglesia, que ir a diario y vivir odiando a los demás o hablando mal de la gente

En su primera catequesis de 2019, el Papa ha censurado a aquellas personas que van cada día a la Iglesia «y después viven odiando a los demás o hablando mal de la gente. Esto es un escándalo».

Y ha añadido: «Es mejor no ir a la Iglesia. Vive como un ateo. Si vas a la Iglesia, vive como hijo, como hermano, da un verdadero ejemplo»

En su primera catequesis de 2019, el Papa Francisco ha retomado las enseñanzas sobre el padrenuestro con la ayuda del Evangelio de Mateo, que sitúa el contexto de esta oración en un punto estratégico y significativo: en el centro del discurso de la montaña.

Es aquí, ha afirmado el Pontífice, donde «Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje» y donde invierte «las categorías humanas corrientes, llamando dichosos a unas personas que ni entonces ni ahora tenían gran prestigio en la sociedad, pero que son capaces de amar, de trabajar por la paz y, por ello, de ser constructores del reino».

Así, en el sermón de la montaña, Cristo califica de «bienaventurados» a «los pobres, los mansos, los misericordiosos, los humildes de corazón… Es la revolución del Evangelio. El Evangelio no nos deja quietos, nos empuja, es revolucionario».

Al contrario, el Santo Padre ha censurado a aquellas personas que van cada día a la Iglesia «y después viven odiando a los demás o hablando mal de la gente. Esto es un escándalo». Y ha añadido: «Es mejor no ir a la Iglesia. Vive como un ateo. Si vas a la Iglesia, vive como hijo, como hermano, da un verdadero ejemplo».

Del mismo modo, Francisco ha advertido contra la hipocresía en la oración. «Hay personas –aseguró– que son capaces de tejer oraciones ateas, sin Dios: lo hacen para ser admiradas por los hombres. La oración cristiana, en cambio, no tiene otro testimonio creíble que la propia conciencia, donde se entrelaza intensamente un diálogo continuo con el Padre».

Antes de concluir, Pontífice argentino ha explicado que «el cristiano no es aquel que se compromete a ser mejor que el resto: sabe que es un pecador como todos los demás. El cristiano es simplemente el hombre que está ante la nueva Zarza Ardiente, la revelación de un Dios que no lleva el enigma de un nombre impronunciable, sino que pide a sus hijos que lo invoquen con el nombre de “Padre”, que se dejen renovar por su potencia y que reflejen un rayo de su bondad para este mundo tan sediento de bien, tan esperanzado de buenas noticias».